sábado, 26 de septiembre de 2026

La casa de la abuela ya no existe más

Así como la brisa y el olor a mar me recuerdan los mejores momentos de mi adolescencia, los amaneceres en la playa, los grandes amigos y la primera ilusión, el olor de la leña húmeda, ese aroma que desprende el fuego mientras la madera se quema, su sonido al arder y ese viento que sopla fuerte en la sierra, en tardes como hoy, me traen de vuelta a mi abuela.

Me traen de vuelta a aquella casa.

A aquella casa que ya no existe más...

Después de muchos años regresé aunque no sé exactamente qué me hizo hacerlo. Quizás fue el momento, quizás fue la vida acomodando las piezas sin que yo pudiera entenderlo. Quizás fue ella, su energía, esa necesidad que a veces aparece sin avisar de regresar a donde alguna vez todo comenzo.

Solo sé que volví.

Y creería que ese regreso me salvó.

Quizás fue mi abuela.

O quizás fue el amor.

Quizás fue conocer su historia, sentir sus raíces como propias, caminar nuevamente por aquella tierra, respirar el aire de la sierra y descubrir que había una parte de mí que todavía estaba allí, esperándome.

Cuando regresé encontré pedazos de mí. Aquellos que habían permanecido ocultos durante mucho tiempo. Esos que no quería sacar a flote porque tenía miedo de que se parecieran a aquello que tanto había rechazado.

Pero allí estaba.

Y por primera vez en mucho tiempo sentí que podía conocerme sin prisa.

Ya no solo conectaba con mi sangre norteña, aquella que amo y que hace arder mis venas, sino que aquella tierra huancaína empezó a escribir una nueva historia. Una historia con recuerdos distintos, quizás más bonitos que aquellos que durante tanto tiempo quise dejar atrás.

Quizás porque las raíces no siempre tienen que ver únicamente con el lugar donde nacemos. A veces tienen que ver con aquello que nos hace sentir que pertenecemos.

Y yo, de alguna manera, pertenecía allí.

Allí volví a sentir.

Aquella casa, cuyas paredes alguna vez habían estado llenas de recuerdos que me dolían, comenzó a llenarse de vida. Y fue allí donde recordé por qué siempre había danzado, porque siempre me gustó hacerlo.

Siempre estuvo allí, viviendo dentro de mí, como una manera de sentirme libre, indestructible y sin miedo.

Tal vez por eso me sentí cautivada desde los primeros guapeos que escuché entonar.

O quizás visitar la casa de mi abuela me hizo aprender tanto que, sin darme cuenta, terminé encontrando a alguien con quien vibrar al mismo son.

Es que es así, las raíces de mi abuela me devolvieron aquella bonita sensación de volver a sentir y entender que aún quedaba camino y podía volver a ser feliz.

Y fue al regresar que logré conectar.

Se despertaron esas ganas de viajar más, de conocer lugares y caminar otros caminos. Descubrí que el mundo era mucho más grande que aquello que durante tanto tiempo había creído que era mi vida.

Quizás por eso pensé que había regresado en el momento indicado, cuando más necesitaba hacerlo.

Con el tiempo, aquel lugar se convirtió en una historia, una conversación, un recuerdo.

O aquella ilusión que tocó mi puerta y logró detener mi corazón por un tiempo.

Viví momentos hermosos y también otros que hoy forman parte de esos matices grises que tiene la memoria.

Pero hoy prefiero quedarme con lo bueno.

Con las historias y con las personas buenas que encontré en medio de todo ese desorden que, como dicen en muchos pueblos, y realmente tiene un poco de eso... pueblo chico, infierno grande.

Me quedo con las tardes, las fiestas, las largas conversaciones, las risas, el soplar del viento y su voz.

Me quedo con todo aquello que, sin saberlo, me ayudó a encontrarme.

Y me quedo con mi abuela.

Con aquella mujer que sabía recibir a todos con los brazos abiertos.

Sin preguntar demasiado.

Sin cuestionar.

Ella simplemente quería que quienes llegaran a su casa pasaran un buen momento. Que sonrieran, que comieran, que tomaran una taza de café, que conversaran. Que se sintieran en casa.

Quizás por eso hoy me cuesta tanto aceptar que ese lugar ya no está.

Porque no eran solamente cuatro paredes.

Era ella.

Era su presencia.

Eran sus palabras

Era su manera de hacer sentir a cualquiera que siempre había un espacio para uno.

Y hoy, aunque tengo tantos recuerdos, siento que no debo volver.

O quizás comprendo que mi regreso ya no puede ser el mismo.

Tal vez durante todos estos años necesite creer que siempre tendría un lugar al cual regresar.

Hoy ya no siento eso.

Porque con su partida también se cierra una etapa de mi vida.

Quizás, como me dijo aquel muchacho, todavía no es momento.

Quizás necesito un buen tiempo lejos de allí.

“Vas a volver, pero no ahora”.

Ir cuando ya no duela. Qué gratificante se sintió escucharlo.

Saber que quizás, cuando llegue el día de volver, no estaré sola. Que quizás no volveré únicamente acompañada por la nostalgia y por los recuerdos, sino por una historia nueva que todavía no conozco.

Porque quizá algunas tierras necesitan que nos alejemos un tiempo para poder volver a mirarlas con otros ojos.

No necesariamente con dolor, pero sí con una nostalgia profunda.

La nostalgia de saber que aquel hogar ya no existe y que ya no habrá otro abrazo esperándome detrás de aquella puerta.

Hoy entiendo que algunos lugares fueron hechos para cerrar una etapa.

Y que eso sucede cuando se va la persona que los convirtió en hogar.

Y tal vez eso es lo que más me cuesta aceptar:

que puedo regresar a aquella tierra, pero ya no encontraré aquella casa.

Aun así, sé que todo lo que encontré allí seguirá conmigo y muchas de las personas que hicieron más bonito el camino.

Y ella.

Quizás mi abuela sí me salvó.

Quizás no de la manera en que solemos entender la palabra salvar, sino de una forma mucho más silenciosa.

Quizás me ayudó a encontrarme cuando yo todavía no sabía que estaba perdida.

Tal vez por eso tuve que regresar después de tantos años.

Para tratar de entender el pasado.

Para conocer sus historias.

Para sentir mis raíces.

Pero, sobre todo, para conocerme a mí.

Ahora ella ya no está.

Y aquella casa tampoco.

Y quizás la vida me está diciendo que ya no se trata de regresar, sino de continuar.

De escribir otra historia.

Una nueva etapa que no borra la anterior, sino que la lleva consigo.

Porque hay hogares que desaparecen, pero dejan raíces tan profundas que siguen creciendo dentro de nosotros.

Y hoy, mientras el viento sopla fuertemente y el olor de la leña quemándose vuelve a traerme su recuerdo, entiendo que algunas despedidas no significan olvidar.

Significan agradecer.

Cerrar una puerta.

Y aprender a caminar hacia lo que sigue.

Quizás algún día vuelva.

Quizás aquel muchacho tenga razón.

Quizás algún día regrese y pueda mirar aquella tierra sin sentir que estoy buscando algo que ya no existe.

Pero hoy no.

Hoy quiero guardar esa casa exactamente como vive en mi memoria.

Con sus paredes llenas de historias.

Con el fuego encendido.

Con el olor de la leña.

Con el viento golpeando fuerte.

Con la música y las danzas

Con las risas.

Con su voz.

Con sus brazos abiertos.

Con ella.

Porque quizás esa sea la única manera de que algunas cosas no desaparezcan del todo.

Y mientras escribo estas últimas líneas, entiendo que no estoy despidiendo solamente una casa.

Estoy despidiendo una etapa de mi vida.

Una que me llevó hasta mis raíces, hasta la danza, hasta los viajes, hasta el amor y, finalmente, hasta mí.

Ahora toca caminar.

Toca escribir otra historia.

Pero antes de cerrar esta página, necesito decirlo una última vez, aunque duela:

La casa de la abuela ya no existe más.

Y no existe porque ella ya no está.